NOTHING TO WEAR

11 noviembre, 2007

Christian Lacroix Haute Coutoure Invierno 2008: la magia barroca

Filed under: Desfiles O/I 2007 — by Eva @ 1:18 am
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Antes de que la hornada de la Central St. Martins School en Londres tomara París y revolucionara las sacrosantas maisons, el genio y charme franceses estaban en manos de unas pocas manos, entre ellas las de Monsieur Lacroix. Hombre vital, fiel a sus raíces y firme creyente en que la moda debe ir más allá del “bon goût”, sus desfiles nunca defraudan y constituyen una “toma de la Bastilla” en toda regla temporada tras temporada, ya que donde otros ponen estilismo y tendencia, Christian Lacroix pone arte.

Si el aburguesamiento y el escándalo fácil es la tónica habitual de la moda de nuestros días, en un desfile de Lacroix sólo una cosa se puede predecir: que cada prenda, por pequeña que sea, habrá sido pensada, montada y desmontada, retocada y ornamentada, para luego desnudarla y vuelta a empezar, hasta la extenuación. Lacroix es fiel a sí mismo y a una clientela de mujeres que no temen destacar, no por el histrionismo y la desnudez, sino por la grandeza y belleza de unos diseños que van más allá de quien los lleva puestos. Por eso hay tan poco Lacroix sobre las red carpets: cuando una se pone un vestido del maestro, el vestido manda, no la starlette. Y eso no hay ego a medio cocer que lo aguante…

Abrigos dignos de una zarina que se inspiran en la asimilación de arte oriental, los suntuosos tejidos de los talleres de antaño y las formas de vestir del siglo más elegante, el S. XVIII. Prendas con volumen dirigido que las modelos dejan caer sobre la pasarela para mostrar vestidos y pantalones que en contraste parecen casi sobrios, pero en los que nada se ha dejado al azar.

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El Siglo de Oro español es siempre inspiración para un creador que conoce bien su deuda con la historia. Golillas, toreras, botines goyescos y moños cortesanos sirven de pretexto para que el negro vuelva a ser tan lujoso como elegante.

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Y sí, Lacroix también hace vestidos ponibles. Dulces, femeninos, sin peros y con muchísima personalidad. Ya sea en tonos pastel y cortes al bies complicadamente fruncidos, o sobre sedas teñidas en degradé y rematadas con plumas, los vestidos engalanan a una mujer soñadora que ama el lujo.

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El fin del desfile: Lily Cole es la novia flamígera capaz de llevar un traje de novia que es más un tributo a la naturaleza que una sobria envoltura para llegar al altar. Creo que si la pobre Maria Antonieta hubiera tenido elección, se hubiera casado con un traje como éste…

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1 comentario

  1. Pues sí, hay que reconocer que este hombre hace vestuario digno de la mejor ópera…

    Comentario por Ainhoa — 11 noviembre, 2007 @ 11:51 am


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